GORETOBER - TWISTED FAIRY TALE

La cálida brisa de la madrugada inundaba el lugar donde sus cuerpos yacían. Su aroma siempre fue algo que lo cautivó, desde el primer momento en que la vio. Ahora, podía oler cada centímetro de su cuerpo desde cerca mientras la observaba en medio de la oscuridad, perdido en ese momento junto a ella. Lo único que hacía resaltar los detalles de su piel era la luna, y él, apoyando el costado derecho de su cabeza sobre su mano simplemente se deleitaba con su compañía. Le agradaba tenerla ahí, tanto así que con el dedo índice de su mano izquierda comenzó a trazar líneas sobre el pecho ajeno, empezando así un trayecto imaginario por su costado hasta llegar a su cadera. Ella estaba en todos sus sentidos, tanto así que a ratos podía saborear ese gustito metálico en su boca de horas atrás cuando no podía despegarse de ella. Suspiró, y entonces sus labios se curvaron en una sonrisa sincera, llevando esta vez su mano izquierda al bolsillo de su pantalón desde donde extrajo el anillo con el que decoraría a su futura esposa. Al fin estarían juntos para siempre.

 

Acomodó la sortija en el dedo anular de la mano que ahora reposaba justo sobre la hierba, esa mano tan tersa a pesar de todo, y ejerció bastante fuerza para devolverla a su lugar. Esta vez soltó una risita, y luego suspiró.

 

-Al fin…- susurró al recorrerla con la mirada mientras la abrazaba por sobre el abdomen y volvía a teñirse el antebrazo con sus fluidos que ahora resplandecían bajo la luz de luna, aunque, ya no eran cálidos ni podían distinguirse en color. Relamió sus labios para recordar su sabor, y dada la sequedad de los mismos se irguió para levantarse y proceder a besar su cuerpo una vez más, en silencio, con cautela hasta que volvió a sentir que afloraba el elixir tan puro que ella le proporcionaba. Lentamente comenzó a lamer su vientre y abrió la boca para morder con suavidad al tiempo que su mano derecha subía y dejaba caer con fuerza el machete con el que ya se había abierto camino a su interior una hora atrás. Esta vez empujó hacia arriba, rompiendo entre sus costillas un poco más para dejarse caer sobre su corazón y volver a alimentarse. Era lo único que siempre quiso de ella, pero en ese mismo minuto no le pareció lo más exquisito; frunció el ceño en un acto de rechazo y arrugó la nariz, luego volvió a observar su cabeza -separada del cuerpo por él mismo minutos atrás- antes de volver a descender sobre ella y retomar el vientre, entre órganos ya perforados y un poco más de sangre que volvió a mancharle el rostro cuando se dispuso a saborearla.

 

Un pájaro hizo eco en algún lugar del bosque alrededor del cementerio y creyó reconocerlo como el mismo que entonó una melodía peculiar horas atrás; cuando ella llegó sonriente al lugar dentro de su ataúd para su funeral… cuando él la vio por primera vez y se enamoraron.

 

 

 

 

 

 

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